sábado, 19 de octubre de 2019

Navegando en la Filosofía

Navegando en la Filosofía


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Navegando en la Filosofía es un viaje personal a través el mundo de la reflexión filosófica, del pensamiento de grandes filósofos, tanto de la modernidad como de aquellos que iniciaron el fantástico camino del uso de la razón para la búsqueda de la sabiduría en la antigua Grecia.

El conocimiento.

En mi búsqueda de la felicidad me he preguntado cuál es el origen de las penurias de las personas. Me sospecho que la explicación está en el relato bíblico del Paraíso del Edén que narra el impulso irresistible que tuvieron Adán y Eva para comer el fruto prohibido del árbol del conocimiento, el árbol de la verdad… ¡Y que fue una tentación de la serpiente! ¡Y que…!

Desde entonces tenemos un apetito insaciable por conocer la realidad que nos rodea y, lo más importante, la realidad interna de nuestra naturaleza. Se dicen que fue un acto de desobediencia de Adán y Eva, pero a mí más bien me parece que fue simplemente un acto derivado de nuestra condición humana. Siempre queremos saber más; yo me reconozco de ésta manera, desde niño  tengo una ansiedad por comprender las cosas y mi ambición por el conocimiento no tiene límites, sin embargo, cuando intento entender la estructura subatómica de la materia o cuando intento entender la inmensidad del Universo me invade la convicción de que la ignorancia me envuelve completamente.

Estas inquietudes me llevaron a la lectura del libro “El Árbol del Conocimiento, Las Bases Biológicas del Entendimiento Humano”, de los destacados científicos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, obra que ha sido traducida a más de 12 idiomas. Estos autores, avanzando por el sendero de la Biología, llegan a la Epistemología con originales y peculiares planteamientos sobre el conocimiento.

Vamos a ver, el centro del libro surge con la pregunta ¿qué es la vida? Esta interrogante ha sido respondida de diferentes maneras a lo largo de la historia. El hombre primitivo observó que un sujeto vivo era un ser animado y muerto se volvía desanimado, con lo cual dedujo que la vida la sostenía un ánima - o alma, o espíritu - que luego las religiones le dieron diferentes interpretaciones. El alma pasó, en la metafísica griega, a ser quién animaba el cuerpo y luego a serlo también en la escolástica, pero en este caso gracias a un ente denominado Dios.

De un punto de vista científico Maturana y Varela proponen que los seres vivos se caracterizan porque se producen continuamente a sí mismos, son lo que llaman una organización autopoiética. El entorno sólo cumple la función de gatillar en la unidad autopoiética reacciones inherentes a su propia estructura.

Hasta aquí parece lo anterior un inocente planteamiento científico, pero las consecuencias son terribles, pues de esta propuesta se deriva el hecho de que cada uno de nosotros percibe el mundo a su manera y creemos que la realidad es fielmente como la observamos, pero realmente apenas somos un intérprete de la realidad que no logramos nunca saber verdaderamente como es.

Por ejemplo, un objeto lo podemos percibir de color rojo, quizás un daltónico lo sienta azul, u otra persona capte tonalidades que otra no las aprecie, de modo que cada cual tiene una idea particular del objeto, pero en definitiva el color no es una propiedad del objeto, sino el efecto del reflejo de la luz sobre nuestro sistema visual que trasmite determinadas señales al cerebro. ¿Entonces es falso el color percibido? No, es nuestra observación, es nuestra construcción de la realidad.

De manera que, siguiendo a los autores, nuestra constitución biológica tiene una importante influencia en la forma cómo accedemos al entorno, en cómo construimos la realidad. No se trata de que existan cosas externas a la conciencia que uno capta y se las mete en la cabeza, sino que aquellas cosas son percibidas por la estructura biológica de cada cual, las miraremos con el lente propio que poseamos.

¡Vaya, qué despelote! Cada uno percibirá la realidad a su manera y entonces estamos en una especie de Torre de Babel donde nadie se entiende entre sí, pues difícilmente habrán dos personas que coincidan en su manera de observar el mundo a través de su sistema nervioso, incluido el cerebro mismo. A esto agreguemos que la base emocional de nuestras convicciones dificulta convencer a otra persona de planteamientos lógicos, lo cual le quita espacio a la razón.

Realmente me cuesta mucho aceptar los planteamientos del viejo Maturana, pero no se puede desconocer lo atractivo de su atrevida propuesta y la enorme influencia que ha tenido en la sociología, la psicoterapia, el coaching, la filosofía, etc.

Sin embargo, por mi formación profesional me inclino al racionalismo de Descartes, le doy primacía a la razón en la búsqueda del conocimiento y desconfío de las ideas sin fundamento, algo así como la duda cartesiana, pero también me doy cuenta que cada quien tiene sus propias ideas, sus propias verdades, tiene su propio mundo interior, como lo predica Maturana.

Lo terrible es que algunos se creen poseedores de lo que consideran la única verdadera verdad, de modo que consideran que los demás que no coinciden con la suya están perdidos en un camino equivocado, que han caído en el error y la falsedad, motivo por el cual hay que encauzarlos por la senda supuestamente correcta, pues son unas ovejas negras que están descarriadas. Es el caso del fundamentalismo religioso y del fanatismo de las revoluciones sociales. Obsérvese que poca diferencia hay entre la prédica de un revolucionario, de cualquier signo político, y un fanático religioso. Ellos siempre creen tener la razón a costa de su propia vida y la de los demás.

Entonces, ¿si no hay una verdad única, cómo lograr la convivencia humana sin que nos matemos unos a otros? No es sencillo, desde el homo australopitecus nos venimos peleando unos con otros, pero creo que hay un solo camino para la supervivencia: la afirmación de la vida. Esto es, el reconocimiento del respeto a la vida propia y a la vida de los demás, el respeto y la tolerancia como sustento para la búsqueda de la felicidad. Quizás así nos salvemos del destino que tuvieron los dinosaurios.

Reconozco que no ha sido sencilla esta lectura de Maturana y Varela, mientas más me atraganto con las manzanas del conocimiento, y lo hago con ansiedad, más apetito siento, pero más ignorante me considero, así podría parafrasea a Sócrates diciendo “solo sé que no sé nada”.

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